Archive for February, 2008

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Entre mencheviques y bolcheviques

February 27, 2008

-Por Diego Alejo Vazquez

 El lenguaje de la izquierda ha cambiado de unos años para acá, desde que su referente ideológico más fuerte (el socialismo real estilo soviético) desapareció con la caída del Muro de Berlín a inicios de los 90as. Conceptos como “lucha de clases”, “economia socialista” y “explotadores burgueses” cambiaron por “lucha social”, “estado de bienestar” (si, muchos de los críticos del Welfare State desde la izquierda se refugiaron en su última trinchera en la dicotomía Estado-Mercado) y “empresarios corruptos” respectivamente. Sin embargo, aunque las palabras cambien, es mucho más difícil cambiar actitudes, en especial en Partidos de izquierda cuya cohesión interna es, normalmente, volatil y heterogenea, como sucede con el PRD, que en su condición de partido “escoba” (para más información leerse a Panebianco) no puede tener un discurso con la finura y precisión ideológica y de acción política deseable.

El fenómeno ocurrido el domingo pasado en la manifestación enfrente de la torre de Pemex muestra claramente el mantenimiento de formas de choque que me hacen recordar la época de la Revolución Rusa. En la oposición anti zarista rusa, de inicios del siglo XX, existían basicamente dos grupos que querían adueñarse de la Duma (Parlamento) ruso y del movimiento obrero: los radicales, también llamados bolcheviques, y los moderados, también llamados mencheviques. El grupo bolchevique, lidereado por Vladimir Illich, significa, literalmente “los que son más”, o mayoría, mientras que el moderado grupo que contaba entre ellos a Martov y otros socialistas ý socialdemócratas más tibios debía a su nombre al grupo de “los pocos”. En el PRD podemos apreciar lo mismo: los bolcheviques son el grupo más cercano de AMLO, mientras que a los cardenistas y “chuchos” se les tilda de traidores, de sumisos, de vendidos: todo se polariza: la dialéctica “marxista” de la sociedad se interioriza dentro del aparato  político(Navarrete es menos que Kautsky). Ahora la paranoia stalinista se deja sentir: que un miembro del PRD se reuna o negocie con los otros partidos es símbolo de traición, de total despageo a “la causa”… el debate y opinión, la visión técnica, la disección fría del problema no cabe. Y AMLO, suma a esta polarización intrapartita la idea conservadora hegeliana…. el Volkgeist, o espíritu del pueblo, el espíritu nacional. El pueblo es un ente, definido, es un ideal que sobrepasa a los grupos, es el fin último, y por tanto, todo esta en torno de aquello. No se necesitan expertos, la teoría de Habermas es pretenciosa, la política en realidad no se ha tecnificado ni necesitamos un verdadero diálogo: NO, el pueblo en su sabiduría innata vislumbra lo correcto, es decir, como el Papa, es infalible. Y la política tecnificada pasa  a ser lo mismo o se degrada, a la política “tecnocráta”. El conocimiento, sino es popular, es inservible… más aún, es sedicioso. Entonces el discurso que se pretende (aunque no se logre) objetivo, se discrimina a priori, porque lo que se juzga es la intención.  En el fondo, eso representa la hiperbolización del nacionalismo revolucionario: el entelequie híbrido de un nacionalismo bastante interiorizado como prácticas de la izquierda dura bastante fuera de contexto.

Lástima que López Obrador no pueda emular ni a los talones a Lenin, hombre sabio y verdaderamente interesado en la emancipación de Rusia. Vemos en Lenin a un hombre de su tiempo, mientas que en López Obrador a un hombre que no ha sabido medir sus tiempos, ni sus propios recursos. Su debilidad no radica en la escacez de recursos, sino en su mal aprovechamiento, en una operación política dogmática. Para cerrar, quisiera dejar señalar, ya entrados en comparaciones, la diferencia entre el estadista y el agitador. Lenin tuvo, durante mucho tiempo, una política diplomática y económica bastante flexible: La NPE premitió a Rusia un periodo intermedio de capitalismo entre su economía primaria-semifeudal y el fin, que era una economía secundaria-industrial. A su vez, Lenin negoció también con los alemanes (si, los blancos, burgueses europeos) la salida de Rusia de la 1GM. Otra cosa: el grupo de los bolcheviques contaban con gran cantidad de revolucionarios que sufrieron, al igual que Lenin, la represión y exilio del régimen zarista. El grupo de López Obrador no es por mucho la vanguardia revolucionaria antisistémica, sino un grupo de oportunistas, no hace mucho tecnócratas salinistas del régimen… ¿ejemplos? el cavernícola de Noroña y el senador Monreal, sin contar a Manuel Camacho (más sensato e inteligente que los anteriores, debo reconocer) y a Marcelo Ebrard.  

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Elección Demócrata: diferencias en políticas públicas

February 7, 2008

-Por Diego A. Vázquez

 Esta semana sólo pegaré un post de un Artíuclo de Paul Krugman publicado en el Periodico “El Universal” donde habla de la diferencia entre políticas públicas de salud entre Hillary y Obama, espero lo disfruten:

Los candidatos demócratas y el sistema de salud

La principal diferencia entre Hillary Clinton y Barack Obama en materia de políticas públicas tiene que ver con el sistema de salud

Es un desacuerdo que podría parecer técnico y oscuro, y he leído muchas declaraciones de que sólo a los más puntillosos les importan los detalles de las propuestas.

Pero, como he tratado de explicar en columnas anteriores, realmente existe una enorme divergencia entre los enfoques de los candidatos. Nuevas investigaciones —recientemente publicadas— confirman lo que he estado diciendo: la diferencia entre los planes bien podría ser la diferencia entre obtener un seguro médico universal —objetivo clave de los progresistas— o quedar muy lejos de hacerlo.

Específicamente, cálculos recientes señalan que un plan parecido al de Clinton daría cobertura a cerca del doble de gente actualmente no asegurada de la que cubriría un plan parecido al de Obama, a un costo sólo ligeramente mayor.

Ambos planes requieren que aseguradoras privadas ofrezcan pólizas a toda la gente, sin importar su historial médico. Asimismo, ambos permiten a la gente adquirir un seguro gubernamental en caso de no querer el privado. Y ambos planes buscan que el precio de este seguro médico esté al alcance de los estadounidenses de bajos ingresos.

Sin embargo, la propuesta de Clinton es más explícita sobre cómo mantener esos precios asequibles, pues promete limitar los costos del seguro a un porcentaje determinado de los ingresos familiares. Y también parece incluir más fondos para subsidios.

La enorme diferencia, empero, radica en la obligatoriedad: el plan de Clinton exige que todos tengan seguro médico; el de Obama, no.

Obama afirma que la gente adquirirá un seguro médico si su precio es asequible. Desafortunadamente, la evidencia indica lo contrario. Después de todo, ya contamos con programas que ofrecen seguro médico gratis o muy económico a muchos estadounidenses de bajos ingresos sin obligarlos a que se afilien. Y mucha de esa gente, por la razón que sea, no se afilia.

Un plan estilo Obama también enfrentaría el problema de la gente saludable que decide arriesgarse y no contrata un seguro hasta que desarrolla problemas médicos, provocando así un incremento en el precio de las primas que afecta al resto de la gente. Obama, contradiciendo sus primeras declaraciones de que la accesibilidad es el único obstáculo para la cobertura, ahora está hablando de penalizar a los que retrasen su afiliación, pero no está claro cómo funcionaría esto.

Así que el plan de Obama dejaría sin seguro a más gente que el plan de Clinton. ¿Qué tan grande es la diferencia? Para responder a esta pregunta es necesario hacer un análisis minucioso de las decisiones que se toman en materia de salud. Eso es lo que hace Jonathan Gruber —del Instituto de Tecnología de Massachusetts y uno de los principales especialistas en el sistema de salud— en un nuevo ensayo.

Gruber estima que un plan no obligatorio, muy parecido al de Obama, cubriría a 23 millones de personas actualmente sin seguro, a un costo para los contribuyentes de 102 mil millones de dólares al año. Un plan idéntico pero obligatorio cubriría a 45 millones de los no asegurados —esencialmente a todos— a un precio de 124 mil mdd para los contribuyentes. En general, el plan estilo Obama costaría 4 mil 400 dólares por cada nuevo asegurado; el de Clinton sólo 2 mil 700 dólares.

A mi parecer esa no es una diferencia trivial. Un plan alcanza más o menos la cobertura universal; el otro, aunque con un costo de 80% respecto del anterior, cubre sólo a la mitad de la gente actualmente no asegurada.

Al igual que con cualquier estudio económico, los resultados de Gruber sólo son tan buenos como su modelo. Sin embargo, son consistentes con los resultados de otros estudios, como uno realizado en 2003 comisionado por la Fundación Robert Wood Johnson, que comparó diversos planes de reformas al sistema de salud y encontró que la obligatoriedad marca una gran diferencia tanto para lograr la cobertura de los no asegurados como en materia de eficiencia de costos.

Y por eso muchos expertos en el sistema de salud, como Gruber, apoyan con firmeza la obligatoriedad.

Ahora, algunos podrían afirmar que nada de esto importa, porque las leyes que los presidentes logran que se promulguen a menudo se parecen muy poco a sus propuestas de campaña. Y, de hecho, no existe ninguna garantía de que Clinton, de ser elegida, podría obtener la aprobación de algo parecido a su actual plan de cuidado médico.

Pero aunque es fácil ver cómo el plan de Clinton podría terminar siendo despojado de su esencia, es difícil ver cómo podría repararse el hueco en el plan de Obama. ¿Por qué? Porque en el asunto del sistema de salud la campaña de Obama ha saboteado sus propias posibilidades.

Verá, la campaña de Obama ha satanizado la idea de la obligatoriedad, más recientemente con una táctica de miedo consistente en enviar a los votantes un correo extraordinariamente parecido a los anuncios de “Harry y Louise” que la industria de los seguros médicos financió en 1993. Estos mensajes, donde una pareja muestra su angustia por no poder pagar su póliza, contribuyeron a arruinar la oportunidad que surgió entonces de obtener un seguro médico universal.

Si Obama llega a la Casa Blanca y trata de implementar una cobertura médica universal, se encontrará con que no puede hacerse sin la obligatoriedad. Pero si trata de establecer los mandatos necesarios, los enemigos de la reforma utilizarán sus propias palabras en su contra.

Combinando los análisis económicos con las realidades políticas, creo que la conclusión es la siguiente: si Clinton obtiene la nominación demócrata, existe la posibilidad —nadie sabe qué tan grande— de que logremos instituir un cuidado médico universal en la próxima administración. Si Obama obtiene la nominación, esto simplemente no sucederá.